Para todos los que lo conocieron de leídas, el profesor Antonio Rey Hazas fue un ilustre estudioso del Siglo de Oro, que dedicó sus principales trabajos a la prosa, con especial atención a la novela picaresca y a la obra de Cervantes, pero sin descuidar el teatro, singularmente el periodo de formación de la Comedia nueva y las dramaturgias de Lope de Vega y Calderón de la Barca, y la poesía. Para aquellos que lo conocimos en persona, Antonio fue un hombre sabio y sencillo, muy cariñoso y de una calidad humana extraordinaria. Para los que además tuvimos la suerte de ser sus alumnos, fue un profesor deslumbrante, que embelesaba cuando nos hablaba de literatura, ya fuera del Lazarillo, de La vida es sueño, de La familia de Pascual Duarte o del Romancero gitano.

Su carrera académica estuvo ligada de manera indisoluble a la Universidad Autónoma de Madrid, donde se jubiló, como catedrático, en 2018. En 1968 se convirtió en alumno de su primera promoción y durante sus estudios de licenciatura su atención pareció encaminarse decididamente hacia la poesía de la Generación del 27. En 1973 leyó su tesina de licenciatura, dedicada a La trayectoria poética de Pedro Salinas, y proyectó realizar su tesis doctoral sobre la poesía de Fernando Villalón bajo la dirección de Juan Manuel Rozas, su maestro. Una conversación con Fernando Lázaro Carreter, a la postre decisiva para su trayectoria, le llevó sin embargo a dedicar sus desvelos al estudio de La pícara Justina, una de las obras más complejas de la picaresca y de toda la prosa de imaginación del periodo. En su edición del libro de López Úbeda —publicada antes de terminar la tesis y que durante mucho tiempo fue la edición de la Pícara— puede apreciarse una sagacidad interpretativa inusual, sorprendente para un filólogo de tan solo veintisiete años. En los siguientes años profundizó su dedicación a la picaresca con varias ediciones —tanto didácticas como especializadas—, entre las que destacan la del Lazarillo (Castalia Didáctica, 1984, reed. Alianza, 2000), que pone especial énfasis en el problema educativo del protagonista, la de El Buscón de Quevedo (SEGEL, 1982), por su excelente prólogo, y la de una primera antología de Picaresca femenina (Plaza & Janés, 1986), sobre dos autores entonces poco trabajados: Salas Barbadillo y Castillo Solórzano; así como con dos estudios fundamentales: su artículo «Poética comprometida de la novela picaresca» (Nuevo Hispanismo, 1, 1982, pp. 55-76) y el librito La novela picaresca (Anaya, 1990).
En los años ochenta desarrolló también una fecunda dedicación al estudio del teatro del Siglo de Oro, que tuvo como hito principal la edición de la obra dramática de Cervantes (Planeta, 1987). Fue este el primer trabajo acometido en colaboración con su primer discípulo, Florencio Sevilla Arroyo, a quien le unió una larga amistad académica. Con el profesor Sevilla Arroyo —tristemente fallecido también un 16 de diciembre, cinco años antes que su maestro— se embarcó en la titánica tarea de editar la obra completa del alcalaíno, primero para el Centro de Estudios Cervantinos (1993-1995) y más tarde para Alianza Editorial (1996-1996). Son 18 volúmenes los que contiene esta última edición, en la que cada texto —fijado y anotado por Sevilla Arroyo— se acompaña de una introducción siempre iluminadora, a cargo de Rey Hazas. En conjunto, estos estudios ofrecen una visión extraordinariamente rica de la literatura de Cervantes, considerada en su totalidad. Antonio nos enseñó a leer al genio complutense muy por extenso, desde El trato de Argel y La Galatea hasta el Persiles, sin descuidar su poesía de circunstancias, pues el genio del escritor complutense, solía decirnos, se puede apreciar en cada página suya. Sin apriorismos ideológicos ni teóricos, sus lecturas consiguen penetrar en la estructura profunda de las obras literarias, uniendo de manera sagaz forma y sentido.
En los primeros años del siglo XXI vieron la luz dos libros que sintetizan, en lo fundamental, sus posiciones críticas en torno a sus dos campos de estudios predilectos: Deslindes de la novela picaresca (Analecta Malacitana, 2003) y Poética de la libertad y otras claves cervantinas (Eneida, 2005). En el primero, que reúne lo más granado de su aportación al campo, ofrece una visión compleja del género, atendiendo a sus características fundamentales y a las innovaciones que experimentó en los primeros años del siglo XVII. En el segundo propone que la libertad no es solo uno de los temas fundamentales en la obra de Cervantes, sino una verdadera clave de bóveda para entender su poética. Entre los estudios desarrollados destacan también Jarifas y Abencerrajes —antología de la novela morisca— (Mare Nostrum, 2005), El nacimiento del cervantismo durante el siglo XVII (Verbum, 2006, en colaboración con Juan Ramón Muñoz Sánchez), y estudios tan peculiares como Artes de bien morir. Ars moriendi de la Edad Media y del Siglo de Oro (Lengua de Trapo, 2003) y El vino, su cultura, su mundo, su literatura, su vocabulario: España, siglos XVI-XVII (Eneida, 2010), así como las publicaciones dedicadas al Entremés de los romances o al romancero de Pedro de Padilla.
Ligado a México por su participación en los coloquios cervantinos de Guanajuato, recibió en el año 2013 la Medalla de Oro José Vasconcelos por su contribución al estudio de la cultura hispánica. Pasó sus últimos años aquejado de una larga enfermedad que le obligó a retirarse prematuramente.
Según nos explicaba Antonio, en un juego de matrioskas, Cervantes utilizó el soneto de Lotario, dentro de El curioso impertinente —narrado a su vez en la primera parte del Quijote— para recordarnos, aunque a veces se confundan, que la literatura no es la vida. Tampoco lo es la filología: por eso, el profesor Rey Hazas, que fue un excelente filólogo, supo disfrutar más allá de su quehacer académico. Era un placer escucharle hablar de la literatura y de la vida, en clase o en la cafetería de Juanjo, con una naturalidad, un conocimiento y una discreción que resultaban envidiables. Evitó el afán de notoriedad, fue poco amigo de polémicas agrias y trató a sus colegas y a sus estudiantes de manera cálida y afable. Este, además de su legado intelectual, es el mejor recuerdo que nos deja.
Blanca Santos de la Morena
Juan Ramón Muñoz Sánchez



