Centenaria – había cumplido los cien años el pasado 21 de agosto – Margit Frenk ha fallecido en Ciudad de México el 21 de este mes de noviembre. No es el momento de recordar su extensa carrera académica, sus inacabables reconocimientos, sus aportaciones al mundo del hispanismo –hispanista militante durante más de 75 años– ni el innumerable cuento de aportaciones bibliográficas que han permitido un mejor conocimiento de la cultura de los siglos XVI y XVII en España; sí para recordar que también Cervantes y El Quijote fueron objeto de su atención y a ellos dedicó media docena de monografías luego incorporadas a dos libros, breves en su extensión, pero expresivos de su concepción del libro cervantino, verdadero “tesoro inagotable” que permite no solo una lectura placentera sino también la posibilidad de navegar por un océano lleno aún de sorpresas. Hoy, la Asociación de Cervantistas se suma al dolor causado por el fallecimiento de tan ilustre investigadora.

Con Margit Frenk aprendí a conocer la lírica popular de los tiempos antiguos que llega, sin embargo, hasta nuestros días; ha ofrecido páginas ya clásicas para conocer mejor la cultura de nuestro Siglo de Oro. Cervantes merodea por muchas de aquellas, pero apenas le había dedicado atención monográfica salvo en media docena de trabajos luego incorporados en dos libros: Cuatro ensayos sobre el Quijote (2013) y Don Quijote ¿muere cuerdo? (2015), ambos publicados por el Fondo de Cultura Económica. El segundo amplía el primero e incorpora todos los estudios cervantinos de Frenk, una decena resumida en este registro sencillo: “El placer de contar historias y el goce de escucharlas”, “El narrador imprevisible”, “juegos del narrador”, “El prólogo de 1605 y sus malabarismos”, “Cosas que calla Cervantes (Quijote, I, XLVI-LII)”, “Alonso Quijano no era su nombre”, “Don Quijote ¿muere cuerdo?”, “¿Cómo leía Cervantes?”, “Sobre la oralidad en el Quijote”, “La lírica de tipo popular en la obra de Cervantes”. La profesora Frenk concibe el Quijote, en esencia, como una obra de entretenimiento, placentera, profundamente ambigua y compleja, que necesita siempre de un lector cómplice dispuesto a participar en los múltiples juegos que el autor le propone y profundamente liberadora, donde no se da nada por definitivo. Conviene no olvidar, por otra parte, que la traducción al español del conocido libro de Stephen Gilman sobre Avellaneda se debió a la profesora Frenk (Cervantes y Avellaneda, El Colegio de México, 1951).
Entre las obligaciones del jurado del Premio Nacional de las Letras Españolas figura la de proponer un número muy reducido de nombres para el Premio Cervantes; estas candidaturas surgen de sucesivas votaciones en el seno de aquel. Como miembro de este jurado tuve el honor de proponer el nombre de Margit Frenk en su última convocatoria, apenas hace unas semanas. Mi propuesta recibió buena acogida entre el resto de los miembros que entendieron que debía ser, como así fue, una de las candidaturas que deberían ser elevadas al jurado del Cervantes. La muerte le llegó antes de que pudiera competir por este galardón: ¡qué premio más merecido hubiera sido! Ya no es posible, pero, más allá de premios, Margit Frenk será siempre quien me descubrió que aquella canción que me cantaba mi madre cuando yo era un crío se hundía en el inmarcesible océano de la lírica popular, de orígenes lejanos, imprecisos: “cucurucú, cantaba la rana, / cucurucú, debajo del agua; / cucurucú, mas ¡ay! que cantaba / cucurucú, debajo del agua”. Descanse en paz, querida, admirada Margit Frenk.
José Montero Reguera
Presidente de honor de la Asociación de Cervantistas
