En recuerdo de Margit Frenk, también cervantista (Hamburgo, 1925 – Ciudad de México, 2025)

Centenaria – había cumplido los cien años el pasado 21 de agosto – Margit Frenk ha fallecido en Ciudad de México el 21 de este mes de noviembre. No es el momento de recordar su extensa carrera académica, sus inacabables reconocimientos, sus aportaciones al mundo del hispanismo –hispanista militante durante más de 75 años– ni el innumerable cuento de aportaciones bibliográficas que han permitido un mejor conocimiento de la cultura de los siglos XVI y XVII en España; sí para recordar que también Cervantes y El Quijote fueron objeto de su atención y a ellos dedicó media docena de monografías luego incorporadas a dos libros, breves en su extensión, pero expresivos de su concepción del libro cervantino, verdadero “tesoro inagotable” que permite no solo una lectura placentera sino también la posibilidad de navegar por un océano lleno aún de sorpresas. Hoy, la Asociación de Cervantistas se suma al dolor causado por el fallecimiento de tan ilustre investigadora.

Con Margit Frenk aprendí a conocer la lírica popular de los tiempos antiguos que llega, sin embargo, hasta nuestros días; ha ofrecido páginas ya clásicas para conocer mejor la cultura de nuestro Siglo de Oro. Cervantes merodea por muchas de aquellas, pero apenas le había dedicado atención monográfica salvo en media docena de trabajos luego incorporados en dos libros: Cuatro ensayos sobre el Quijote (2013) y Don Quijote ¿muere cuerdo? (2015), ambos publicados por el Fondo de Cultura Económica. El segundo amplía el primero e incorpora todos los estudios cervantinos de Frenk, una decena resumida en este registro sencillo: “El placer de contar historias y el goce de escucharlas”, “El narrador imprevisible”, “juegos del narrador”, “El prólogo de 1605 y sus malabarismos”, “Cosas que calla Cervantes (Quijote, I, XLVI-LII)”, “Alonso Quijano no era su nombre”, “Don Quijote ¿muere cuerdo?”, “¿Cómo leía Cervantes?”, “Sobre la oralidad en el Quijote”, “La lírica de tipo popular en la obra de Cervantes”. La profesora Frenk concibe el Quijote, en esencia, como una obra de entretenimiento, placentera, profundamente ambigua y compleja, que necesita siempre de un lector cómplice dispuesto a participar en los múltiples juegos que el autor le propone y profundamente liberadora, donde no se da nada por definitivo. Conviene no olvidar, por otra parte, que la traducción al español del conocido libro de Stephen Gilman sobre Avellaneda se debió a la profesora Frenk (Cervantes y Avellaneda, El Colegio de México, 1951).

Entre las obligaciones del jurado del Premio Nacional de las Letras Españolas figura la de proponer un número muy reducido de nombres para el Premio Cervantes; estas candidaturas surgen de sucesivas votaciones en el seno de aquel. Como miembro de este jurado tuve el honor de proponer el nombre de Margit Frenk en su última convocatoria, apenas hace unas semanas. Mi propuesta recibió buena acogida entre el resto de los miembros que entendieron que debía ser, como así fue, una de las candidaturas que deberían ser elevadas al jurado del Cervantes. La muerte le llegó antes de que pudiera competir por este galardón: ¡qué premio más merecido hubiera sido! Ya no es posible, pero, más allá de premios, Margit Frenk será siempre quien me descubrió que aquella canción que me cantaba mi madre cuando yo era un crío se hundía en el inmarcesible océano de la lírica popular, de orígenes lejanos, imprecisos: “cucurucú, cantaba la rana, / cucurucú, debajo del agua; / cucurucú, mas ¡ay! que cantaba / cucurucú, debajo del agua”. Descanse en paz, querida, admirada Margit Frenk.

José Montero Reguera
Presidente de honor de la Asociación de Cervantistas

Pedro Padilla Zagalaz, in memoriam

En apenas unos días, como consecuencia de un inesperado cuadro médico, ha muerto Pedro Padilla Zagalaz, miembro de la Asociación de Cervantistas y director durante muchos años de la Casa de Medrano de Argamasilla de Alba.

Conocí a Pedro el mes de septiembre de 1993, cuando empezábamos a preparar el primero de los tres coloquios internacionales de la Asociación de Cervantistas que celebramos en 1995 en su villa (los otros dos fueron en 2005 y en 2017), que siempre he sentido como mía. Desde el primer momento entendí que estaba ante un profesional comprometido, amable y facilitador con el que poco a poco, y a lo largo de todos estos años, junto a otros amigos muy queridos –en su día José Ramón Fernández de Cano y Martín y José Antonio Cerezo, y luego Alicia Villar, Pepe Torres y Manola Moreno, Rafael González Cañal, Felipe Pedraza y Milagros Cáceres, y más recientemente Carlos Mata– he ido fraguando una estrecha amistad profunda y entrañable que se hizo pronto extensiva a Pura, su mujer, y a su hijo Pablo, a quien recuerdo desde muy pequeño.

Han sido muchas las visitas a los lugares de don Quijote con diferentes grupos (estudiantes estadounidenses, profesores, alumnos de la Universidad de la Experiencia, miembros de mi club de lectura…) en los que siempre he disfrutado de la compañía de Pedro. A veces me da por pensar que una de las principales razones que tenía para organizarlas, si no la más importante, era verle a él, disfrutar de su compañía y su conversación durante una jornada en la naturaleza que él tanto amaba y defendía. Nuestro encuentro y nuestra despedida se sellaban siempre con el abrazo fraternal que le di por última vez en nuestra última visita institucional a Argamasilla de Alba, este pasado mes de abril, con Alicia Villar y Carlos Mata.

En medio de la profunda tristeza que me embarga, vienen a mi memoria los recuerdos de tantas ilusiones compartidas, de tanto trabajo, de tantísimo cariño, y en su ausencia irreparable le doy las gracias de todo corazón por haber formado y por formar siempre parte de lo mejor de mi vida. He conocido a pocas personas tan íntegras, tan constantes, tan leales, y tan coherentes como él, y sé cómo pocos hasta qué punto su concurso fue decisivo para que las actividades de la Asociación de Cervantistas en Argamasilla de Alba –sobre todo el coloquio de 1995, cuyas enormes dificultades salvó con su proverbial discreción– se hayan podido celebrar con las garantías y la tranquilidad necesarias.

Recuerdo que, en nuestro último encuentro, imaginando juntos alguno de los muchos proyectos pendientes, Pedro me dijo, con su imbatible sentido del humor, que quien hizo el tiempo lo hizo de sobra. Ahora el tiempo, al menos el tiempo que nos unía, ya nos será siempre falto, y sé cuánto voy a echar de menos al amigo querido con el que tanto, como un regalo único, me ha sido dado compartir.

Descansa en la paz que mereces, querido Pedro. Quiero recordarte con la sonrisa que regalaste a la cámara en nuestra última fotografía, esa sonrisa que define tu grandeza y tu bonhomía.

Santiago A. López Navia, en nombre de la junta directiva
28 de junio de 2025

In memoriam Isaías Lerner, maestro ejemplar

El martes 8 de enero de 2013 murió en la ciudad de Nueva York Isaías Lerner, Profesor Distinguido de la Escuela de Graduados de la City University of New York. Lerner, así lo llamábamos sus alumnos, había nacido en Buenos Aires el 13 de marzo de 1932 en el seno de una familia judía que se había afincado en la Argentina hacia principios del siglo pasado, procedente de Rusia. En su cuidad natal cursó sus estudios de licenciatura en el Instituto Amado Alonso de Buenos Aires. La vuelta del exilio en 1955 de un selecto grupo de brillantes investigadores argentinos marcará su perfil y trayectoria académica. Con dos discípulos de Amado Alonso, Ana María Barrenechea y Marcos Morínigo, se introdujo en el estudio de Cervantes y de la épica americana. María Rosa Lida lo inició en los estudios sobre la picaresca. Ángel Rosenblat y Rafael Lapesa, le inculcaron su pasión por la lexicografía y la historia de la lengua. Y de la mano de Borges, aun a costa de postergar su licenciatura, se iniciaría simbólicamente su periplo anglosajón, abonando la práctica de «conceptos fundamentales de una teoría general de la escritura» y el gusto por la recuperación de autores que no siempre formaban parte del canon. Tan selecta formación sólo podía augurar una brillante carrera profesional que se iniciaría en la cátedra de Latín e Historia de la Lengua de la Facultad de Filosofía y Letras de la ciudad de Buenos Aires y culminaría en el Centro de Graduados de la City University of New York.

         Allí, a principios de los noventa empezó mi relación con Lerner. Al aterrizar en Nueva York, recién llegada de mi provinciana Zaragoza, me sorprendió que el Executive Officer del Graduate Center de CUNY no diré que me invitara a almorzar sino que me acompañara hasta la residencia de Estudiantes en la que viviría en los años sucesivos. Así era Lerner: cosmopolita pero también cercano, sensible con el miedo atroz de una recién llegada con cara de pájaro asustado, como me decía. Nunca nos explicábamos de dónde sacaba tiempo para dedicar la sobremesa a sus estudiantes, alrededor de un postre compartido y en compañía de una amena conversación sobre los temas más variopintos. Decía de sí mismo que hablaba con las piedras. Y era verdad. Era un gran conversador, dotado de un fino sentido del humor, capaz de reírse hasta de su sombra. Y si era generoso con su tiempo, se mostraba aun más liberal con el saber. Cuando a mediados de los años noventa pasó un año como visiting professor en Dartmouth College me propuso que trabajáramos en una edición del Persiles. Con todos los tropiezos imaginables de una inexperta en esas lides, yo leía la princeps y él puntuaba el texto y marcaba aquello que había que anotar en el soporte en papel. Rara vez enmendaba, y cuando lo hacía dejaba constancia en nota a pie de página con frases del tipo «en la princeps, por errata evidente de…» lo que fuera. Era respetuoso en extremo y aun escrupuloso con el texto, porque estaba convencido de que las limitaciones de comprensión provenían del lector y muy rara vez del autor. Ni siquiera se salvaron de este dictum los dichosos anacolutos, que tanto le gustaban. Su actitud hacia la lengua de Cervantes era cercana a la de un orfebre, decía Juan Diego Vila. Cincelaba cada pieza hasta conseguir que el todo armonizara a la perfección. Pero también tenía algo de detectivesco. No se rendía hasta haber agotado el rastreo de todas las posibilidades, y ahí está esa nota sobre las algarrobillas que no me dejará mentir. Creía posible entablar un diálogo entre dos épocas sin necesidad de renunciar a ninguna, reivindicando la multiplicidad de sentidos, con el propósito de recuperar, para la actualidad, la novedad que los textos tuvieron para sus primeros lectores. Sentía autentica fascinación ante la posibilidad de comprender las coordenadas en las que se gestó la lengua en una época. Y esta fascinación la contagiaba. Te dejabas seducir por sus apacibles lecciones sin oponer resistencia. Aquella experiencia intelectual se convirtió en un peregrinaje a la biblioteca de Dartmouth. Y en una de tantas idas y venidas descubrió, como en los cuentos de Borges, que en la torre de la biblioteca había miles de librillos de pequeño tamaño. Muy suelto de prejuicios les sacudió, literalmente, el polvo y fue descubriendo, con suma paciencia, una inmensa colección de obras de teatro españolas, desconocida y sin catalogar (unas quince mil, de la segunda mitad del siglo XIX y de la primera del XX). Sólo a un olfato entrenado en buscar entre los tomos de la Patrología Latina, como era el de Lerner, se le podía ocurrir curiosear en aquella sala cubierta por el polvo del olvido, y sacar a la luz lo que ocultaban las mugrosas tapas de aquellos librillos. La colección sigue ahí aunque algo más desempolvada.

         Su pasión eran los libros. Era cierto. Pero el libro que mejor supo leer fue el de la vida. Cuando estaba a punto de terminar mi tesis sobre el Persiles me abordó una mañana por el pasillo de la Universidad y me espetó que me buscara otro director. Le acababan de diagnosticar un cáncer de páncreas. Pero peleó y ganó la batalla como él sabía hacerlo: con valentía y paciencia ante la adversidad. Peleó con la misma firmeza y decisión que defendió la excelencia de un Programa Graduado que rescató de la mediocridad, y que él elevó al nivel de las universidades de elite. Durante los años de su etapa como Executive Officer del Graduate Center por allí desfiló lo mejor de la academia internacional y de la creación literaria. Muchos fuimos los que nos beneficiamos de esta labor cultural cuya amplitud de miras iba más allá de la rutina de las aulas, porque a Lerner el salón de clase se le quedaba pequeño. Esta misma amplitud de miras rige su trayectoria de investigador infatigable. Su curriculum responde a una pluralidad de inquietudes intelectuales cuyo hilo conductor es trazar puentes entre el presente y el pasado, España y América o la alta y la baja cultura, bajo la atenta mirada de una obsesiva perfección, no exenta de cierta modestia. Si no fuera por su inclinación cosmopolita se diría que concibe la obra a modo de la Edad Media, como una obra abierta, en la que cada revisión la perfecciona. Por eso vuelve una y otra vez sobre sus pulcras y cuidadas ediciones a sabiendas de que no son definitivas y que sólo la constante revisión las autoriza. Su polifacética personalidad acogía tanto el elitismo como la defensa sin concesiones del derecho a la educación de calidad para todos, incluidos los más desfavorecidos, convicción que llevó a la práctica sin tregua. Y de la misma forma su magisterio no se conformó con la faceta de profesor competente o de investigador brillante. Guiaba a sus alumnos. Les enseñaba, como el maestro artesano, a aprender bien el oficio, ocupándose de lo divino pero también de lo humano.

         No pretendo con esta nota señalar sus méritos académicos y profesionales, que son muchos y sobradamente conocidos. Tan sólo he querido expresar mi profunda gratitud a un ser humano excepcional a quien tuve la suerte de conocer para rendir un modesto homenaje a su memoria, y con quien tengo una inmensa deuda. El último postre que quise compartir con él, unos mazapanes de soto, no llegó a tiempo. La muerte fue más diligente que las perezosas sacas de correos. Murió acompañado de Lía y de Bettina. «Dio el alma a quien se la dio/(…) que, aunque la vida perdió,/ dejónos harto consuelo su memoria». Vaya para ellas todo mi cariño y el agradecimiento debido al maestro ejemplar.

Isabel Lozano Renieblas
Dartmouth College

http://www.centroestudioscervantinos.es/quienes.php?dpto=9&idbtn=1127&itm=9.1